CARVAJAL MERECE EL CERVANTES. POR MANUEL ÁNGEL VÁZQUEZ MEDEL

 




Manuel Ángel Vázquez Medel

Catedrático de Literatura española en la Universidad de Sevilla

Miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada

Antonio Carvajal Milena (Albolote, Granada, 1942) es no solo uno de nuestros mayores poetas vivos, sino que ocupa un lugar propio en la Historia de la Literatura Española, junto a los grandes poetas de todos los tiempos.

Esta afirmación, que tal vez a quienes no conozcan su obra pueda sorprender, la hago invocando la responsabilidad, pero también la autoridad que me puede otorgar ser el último catedrático de Literatura del siglo XX en la Universidad de Sevilla. Un siglo que comenzó teniendo como catedráticos a Pedro Salinas y Jorge Guillén, y a alumnos como Luis Cernuda. Como pueden comprender, ir a zaga de sus huellas, aunque sea a mucha distancia, me obliga a ser ponderado y ecuánime en mis juicios literarios. Más aún, como responsable de la asignatura Cervantes en el grado de Filología Hispánica. Algo muy pertinente ya que, en este caso, intentaré argumentar que Carvajal no solo es un gran poeta, sino el más cervantino de nuestros poetas actuales, como antes lo fueron Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Salinas, Guillén, Alberti, Cernuda y José Hierro. Por ello, merecedor del Premio Cervantes de Literatura.


He tenido la inmensa fortuna de actuar como responsable de la laudatio de Antonio Carvajal (como también de Ayala, Eco, Lledó y Uceda) en dos ocasiones: cuando la Fundación Rodríguez Acosta le otorgó su Medalla de Honor (2000), en el acto de entrega de 2001; más recientemente, con ocasión de la entrega del XVI Premio de las Letras Andaluzas “Elio Antonio Nebrija” (2024). Ese mismo año apareció mi Decálogo para comprender, amar y disfrutar la poesía y la poética de Antonio Carvajal, que contó con la orientación y el apoyo de Dionisio Pérez Venegas, uno de los grandes especialistas en nuestro poeta. A este texto remito para que puedan apreciar la importancia de la relación entre poesía y vida en su creación; del amor y de la amistad como núcleos de su escritura; de la rica dinámica de conocimiento de la tradición y de innovación, como ocurre en nuestros grandes poetas; su compromiso con las formas, no solo de la expresión, sino también del contenido, desde una poética de gran riqueza temática en la que se hace patente su compromiso con los mejores valores humanos. Pero también su epicureísmo, manifiesto en el equilibro entre ética y estética; su ironía y sentido del humor, que caracterizan a las personas realmente inteligentes; la importancia del cuerpo y la corporeidad, del mundo de los sentidos… Y una poética de la resonancia, que parte de la comunión poética como vida compartida.

Hoy deseo añadir a todo ello su impronta de estirpe cervantina, que constantemente reivindicaba otro granadino universal, que obtuvo el Premio Cervantes en 1991: Francisco Ayala.

Carvajal es cervantino porque no teme la muerte, sino que ama la vida (“Iré a otra luz. La luz no guarda luto / por quien la amó en el arte y en la vida”); porque ama la palabra y la poesía desde sus tiernos años y se ha dedicado a ella con trabajo y con desvelo, pero sobre todo con esa gracia que sí quiso darle el cielo (como a Cervantes, aunque irónicamente dijera lo contrario en el Viaje del Parnaso, en el que se reivindica como poeta).

Carvajal es cervantino porque en él, como en Cervantes, están presentes las más importantes tríadas que son fundamento de lo humano y, desde la vida, de la creación literaria: fe, esperanza y amor inquebrantables; compromiso  con la libertad, la igualdad y la fraternidad; experiencia resonante de la literatura, implicando todas las potencias humanas (memoria, entendimiento y voluntad, como fundamentos de la imaginación y de la fantasía); importancia, en sus hermosas retóricas expresivas, de la invención, de la disposición de los textos y de sus partes, de la elocución. Ambos tienen un alto sentido de la oralidad, de lo acústico, de lo musical y sonoro. Y, como Cervantes, Antonio Carvajal tiene por quicio y fundamento de sus virtudes -humanas y literarias- la prudencia (que en absoluto está reñida con la dimensión crítica y la expresión valiente de la verdad), la justicia, la fortaleza y la templanza (incluso cuando la vida nos exige ser radicales, ir a las raíces, como hizo Cervantes y hace Carvajal).

Pero, ante todo y por encima de todo, Antonio Carvajal es cervantino por asumir la doble condición de homo viator y de homo ludens. Por reivindicar la felicidad que seamos capaces de alcanzar y la presencia de lo lúdico en nuestras vidas, y nuestra condición de caminantes “por el camino de nuestra propia vida”, como dice el hermoso endecasílabo de Juan Ramón. Caminantes, en estos tiempos tan oscuros, hacia la luz. Hacia horizontes de verdad, bondad y belleza.

Por todo ello, sería de justicia para Antonio Carvajal y prestigiaría al más alto reconocimiento a la creación en lengua española, que recibiera el Premio Cervantes de Literatura.



Publicar un comentario

Aquí puedes dejar tu opinión y sugerencia

Artículo Anterior Artículo Siguiente